Borges orín

Selección: José Miccio

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Voy a La Nación, a la reunión del jurado. Cuando salgo con Borges, éste me propone: «Vamos a La Fragata. Allí hay un mingitorio en que se han logrado pises excelentes». Discute las posibilidades de un pis: ¿puede ser tan satisfactorio como una deposición? Cargados con paquetes de manuscritos, nos turnamos para pasar al estrecho mingitorio. Comentamos, con Borges, la circunstancia de que mucha gente tiene puesta en nosotros la esperanza de una dicha (la de obtener el premio). Lo dejo del otro lado de San Martín, en la calle Corrientes.

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Come en casa Borges. No deja de poner la contera del bastón sobre las sábanas de mi cama. Ni de orinar mi baño.

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Come en casa Borges. Dice, mientras orina en mi baño: «En cierto modo la invención de la imprenta fue perjudicial. ¿Te das cuenta? Los manuscritos serían raros, difíciles de conseguir. Leerlos sería muy importante. Además, exigirían un esfuerzo material para la lectura: la letra a veces sería mala o confusa; habría errores. La lectura se haría a toda conciencia»

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Borges hoy no orinó en la letrina, sino en el piso. Por esta mala puntería, con dolor en el alma lo he desviado de mi baño a otro, que nadie usa.

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Para la Antologia pornografica, transmitida por Borges; a Borges, por Alejandro Sirio:

La senora de Perez y sus hijas

comunican al publico y al clero

que han abierto un taller de chupar pijas

en la calle de Santiago del Estero.

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Borges leyó acerca de unos egipcios antiguos que dijeron que iban a irse porque les pagaban poco. Alguien los reconvino: «.¿Cómo van a dejar todo, cómo van a abandonar así a sus familias?». «La familia la tenemos aquí», respondieron, señalándose los pudenda. En una nota para un libro de Emecé escribimos de Graham Greene: «Es casado y tiene una hija». Borges: «Mejor seria poner: “Es casado y tiene una pija”».

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Leíamos un ensayo sobre astronomía. El autor afirmaba que el gran desarrollo de la astronomía ocurrió en el siglo XX, con la construcción de grandes telescopios. Continuamente volvían las menciones, cada vez más entusiastas, de estos aparatos: los enormes telescopios, los inmensos y poderosos telescopios. Borges, primero, comentó: «Qué obsesión»; después opinó: «Seguramente unas páginas más adelante ya dice: Las grandes pijas».

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Hablamos de una nueva (e imaginaria) escuela literaria, basada en frases como bufaba el búfalo, que él propone, y puja la pija, que yo propongo. Recuerda la frase que Kipling atribuye a una señora norteamericana: «I’m Buffalo» (por «Soy de Buffalo»).1 Hablamos de propender. «Su soneto propende a la métrica». O esta descripción del Ulysses. «Vasto galimatías propenso al orden». (Yo suministro las frases.)

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Borges abre The Perfumed Garden y me dice: «Aquí está la versión oriental, y desprovista de gracia, de “con paciencia y con saliva el elefante se la metió a la hormiga”». Lee: «Women[…] would succeed in making an elephant mount on the back of an ant, andwould even succeed in making them copulate».

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Después de su viaje en tren no se bañó. Cuando le prepararon el baño, lo sorteó con evasivas: «Ahora no. Más tarde». Al día siguiente, se mantiene invicto. Silvina me dice: «Tenemos casamiento seguro. Tenemos casamiento pronto. Tenemos casamiento en mayo». Sus temores: «Él está demasiado enamorado, demasiado pendiente. Y no se baña… Antes tenía alguna coquetería. Ahora está tan seguro de la gloria que sale con el pantalón de baño abierto y todo afuera». Con el cierre hubo una situación penosa. «Tenés todo abierto», le dije. «Ah, caramba», contestó, sin mosquear. No podía cerrarlo. Hubo que prestar ayuda”.

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En Mar del Plata. Cuando vuelvo del mar a la carpa, Silvina y Borges están conversando; Silvina, detrás de la lona, en el compartimentito para vestirse; Borges en el centro de la carpa, a la vista de toda la playa, con una camisa rabona (de las llamadas remeras) y sin pantalones ni calzoncillos, al aire el promontorio oscuro de testículos y pene. «Estás en bolas», le digo, arreándolo detrás de la lona. «Ah, caramba», comenta sin perder la ecuanimidad. «Como no ve —comenta después Silvina— está como con una careta

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Borges: En un solo día me dijeron, en San Diego y en Tucson, en español y en inglés, una expresión para invitarlo a uno a hacer pis: “¿No quiere usted estrechar la mano de su mejor amigo? Do you want to shake the bishop’s hand?”. También me enseñaron la estrofa:

Here I seat,

all broken-hearted,

tried to shit,

but only farted?

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Come en casa Borges. Empezamos el cuento del que intenta enamorar a una mujer absurda y, porque no lo consigue, se enamora y se suicida. Después, recitando «Troy Town» me orina largamente el piso del baño. «Estás miando fuera del tiesto», le prevengo. Da un pasito hacia adelante y sigue recitando a Rossetti y meando en el piso. Sale con los zapatos empapados. Me pregunta: «Una poesía como la de Rossetti, puramente literaria, puramente decorativa, ¿es lícita?»

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Hablo después con Borges. Borges: «Tuve un sueño inmundo; no sé por qué se lo conté a Silvina. Yo estaba en el paraíso, que era dos largas filas de letrinas. Uno se sentaba ahí y después de un rato, tras algún esfuerzo, expelía una esfera irisada, bastante grande. Expelerla, contemplarla, producía agrado. Volvía uno a hacer fuerza, volvía uno a expeler otra esfera irisada, y esta acción, cada vez menos laboriosa, infinitamente se repetía. Ya despierto pensé que el infierno sería igual, con la diferencia de que no se conseguiría expeler las esferas. Ureña observó que sacarse cualquier cosa del cuerpo es grato. Una de esas cosas que decía, pero que no escribía. Había algo muy simpático en él».

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Estábamos en el comedor, Borges y yo. «Ahora que se fue Marta —dijo mientras olía una rebanada de pan negro—, te voy a confesar que el pan negro me gusta porque tiene olor a pis.»

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Come en casa Borges. Lectura de Voltaire. Borges: «Dios, al crear los animales, cuando llegó al sexo debió de estar cansado: servía también para orinar y estaba al lado del culo».

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Cuenta también: «En una fiesta que hicieron para celebrar mi visita a Puerto Rico, un muchacho me preguntó si no quería ir al baño; y una vez allí se puso a abrirme la bragueta. Le dije que se contuviera. Al final de la noche volví a tener ganar de hacer pis, el muchacho volvió a ofrecerse y le pedí que llamara al dueño de casa. Cuando fuimos al baño, rogué al dueño de casa que no dejara entrar al muchacho».

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Observa Borges: «La más clara prueba de que Dios no existe es el acto de cagar. La persona que descubra un modo de sustituir el papel higiénico se hará rico. Entonces verán nuestra época como increíble y bárbara. “Se pasaban un papel por el culo —dirán— y se ensuciaban la mano. Qué gente sucia.”».

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Todas las citas fueron tomadas de Adolfo Bioy Casares, Borges, Editorial Destino, 2006

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