Permanente, por Marcos Rodríguez

La había visto en varias oportunidades en pantalla y había escuchado hablar de la legendaria Sylvia Chang, una presencia visiblemente respetada en las últimas películas de, por ejemplo, Johnnie To, Jia Zhang-ke o hasta en esa cosa llamada Long Days Journey into Night, pero la primera vez que fui consciente de estar viendo a la Chang fue cuando los caminos del cine me llevaron al primer largometraje de Edward Yang: That Day, On The Beach, pieza clave del Nuevo Cine Taiwanés, laberinto inextricable de flashbacks, obra maestra absoluta, película larga, melancólica, bellísima, tal vez la más sentimental y querible de la obra de uno de los directores más grandes del cine.

That Day, On The Beach es un viaje indispensable para cualquier interesado en el cine de Yang, pero también es una película fundamental por otras muchas razones. Fue, decía, una película clave en el nacimiento del Nuevo Cine Taiwanés. También fue la primera película en la que trabajó Christopher Doyle, uno de esos directores de fotografía que dejan su marca en el cine, famoso sobre todo por su colaboración con Wong Kai-wai. Dicen los chismes que fue Yang quien impuso el nombre de Doyle para la película (hasta ese momento, se trataba de un australiano loco que nunca había trabajado en cine ni tenía más credencial que su trabajo como fotógrafo), pero dicen los chismes también que la figura clave en todo esto fue la propia Sylvia Chang, actriz taiwanesa, estrella industrial y global (en los diez años que llevaba trabajando en cine hasta ese momento, participó de grandes títulos y secuelas del cine más masivo, de proyectos chicos e independientes, y hasta de películas con Chuck Norris y Mel Gibson). Chang produjo That Day, On The Beach para darle una oportunidad a ese cuasi desconocido que era Edward Yang en aquel entonces, y que al parecer era también su pareja. That Day, On The Beach nace como una obra de amor, como pieza inicial del cine de Yang, pero es, ante todo, un monumento a la Chang.

La cosa es un tanto extraña, porque la película empieza con el encuentro entre dos mujeres ya asentadas, que se vuelven a ver después de diez años: la radio anuncia que la gran pianista taiwanesa regresa a Taipéi como parte de su gira por el país, Sylvia apaga la radio y llama por teléfono. Las dos se encuentran en un café moderno de la capital, empiezan a hablar y se desata una tormenta de recuerdos y recuerdos adentro de los recuerdos, historias truncadas y continuadas, todo un entramado complejo como es compleja toda película de Yang. Las dos mujeres eran amigas: la pianista (cuando era apenas estudiante de piano y estudiante de secundaria) se puso de novia con el hermano de Chang y parecía que se iban a casar, pero el padre del novio se interpuso: usted estudia Medicina para continuar con mi consultorio, y se casará con la hija de mi mejor amigo médico. El hermano, hombre recto, acata la palabra de la autoridad y corta la relación con su novia pianista, que en ese momento decide irse a estudiar afuera. Reunidas, ya grandes las mujeres, ella le pregunta a Chang qué fue de la vida de su hermano, y así el hilo lleva a otra nueva historia, que es la biografía sentimental de Chang, su propio novio, su desafío a la autoridad y toda una serie de peripecias que incluyen un retrato del Taiwán industrial que ya había marcado un cambio fundamental en el país. La película dura unas tres horas, la historia de la pianista y su novio, que parece que va a ser el centro del relato, no ocupa ni una hora del total, el resto, en medio de un volantazo de flashbacks, lo ocupa la Chang, que con el cambio de peinado (primero lacio y largo, después a la moda con permanente, y finalmente corto y adulto) va marcando distintas etapas de su vida. La Chang, casi literalmente, se come la película.

Los caminos del cine (y las recomendaciones del amigo Vieytes) me llevaron a descubrir, un tiempo después, una nueva película de la Chang. Se trata de Passion, se estrenó tres años después que That Day, On The Beach, también la protagoniza la Chang pero, sobre todo, es su primera película como directora. Imagino contextos (que realmente no conozco): una estrella del star system hong kongés, una actriz todavía joven aunque ya entrando en una etapa madura (pasaba los 30 para entonces), una mujer que de pronto decide dirigir un melodrama intimista debe haber sido en aquel momento no solo una rareza sino probablemente un escándalo. Pero la Chang, eso sí lo sabemos, tenía para ese momento el estatus suficiente para imponer decisiones: ya era productora, podía definir directores y tenía la popularidad suficiente para garantizar un cierto número en la taquilla. Y se lanza a filmar.

Entusiasmado por el entusiasmo del amigo Vieytes, me pongo a mirar Passion y descubro un melo de lo más clásico, de lo más bello, a la vez de lo más íntimamente femenino pero, para mi sorpresa, profundamente ligado a That Day, On The Beach. Como en esta, la película se construye desde un presente en el que dos amigas se reúnen y comienzan a recordar su vida en común; como en esta, el relato avanza a través de una serie de flashbacks que permiten reconstruir la historia sentimental de estas amigas que ahora comparten una mesa; como en esta, la clave de todo es el melo.

Las referencias son innegables, pero al mismo tiempo marcan las diferencias: si That Day, On The Beach se arma a partir de la deconstrucción, del paisaje generacional, del laberinto narrativo, Passion apuesta por la linealidad, la tradición, el relato clásico: desde el ocaso de la vida nos remontamos a la juventud de las chicas, los primeros novios, la decisión de matrimonio. El regreso constante al presente en el que se va poniendo el sol funciona como ancla, pero la historia se cuenta paso a paso y con vueltas de tuerca que no hubieran tenido sentido en una película de Yang, que se parecen al lugar común del género pero se cargan de un sentido vibrante en la película de Chang. Sylvia cree profundamente en lo que cuenta y su pasión se siente en cada fotograma. No tiene el prestigio, no tiene la osadía, no tiene la amplitud de perspectiva y de pretensión de la película de Yang, pero tiene el deseo de narrar del más puro cine de género.

Hay algo conservador en la película de Chang: la clave es el género pero abarca también los sentidos narrados. Esa pátina de conservadurismo (en especial si la miramos en la perspectiva del cine de Yang) pone en tensión, por otro lado, lo que podríamos considerar una película femenina, si no feminista: historias de mujeres contadas por una mujer.

Puestas una junta a la otra, los puntos de vista de estas películas resultan casi opuestos: la construcción de Yang apuesta al modernismo, a la perspectiva amplia, a la melancolía irresoluble, a relatos de amor femeninos que, sin embargo, están vistos desde la mirada de un hombre. La película de Chang, por otro lado, apuesta a la tradición del relato rosa, está también cargada de melancolía pero sin arrepentimientos, mira desde la mirada de una mujer. Passion plantea de forma explícita una dicotomía: ¿qué es más importante en la vida, la amistad o el amor? La película responde a esta pregunta que para That Day, On The Beach, cargada de la mirada perdida en el absoluto de un hombre que no encuentra su camino en la vida, jamás podría siquiera plantearse: el pragmatismo del dilema de la protagonista no tiene sentido en una película que está enamorada del mar, que plantea el interrogante sin respuesta, que abre la dimensión de lo terrible. El amor en That Day… no puede negociarse: se acepta o se niega, pero nunca trae sosiego. La copa de vino blanco mirando el horizonte de Passion está plantada en un lugar muy diferente.

Hay un gesto que me parece fundamental en la película de Chang: ella, una mujer joven en los ’80, una gran estrella de cine, una mujer moderna capaz de portar la permanente como ninguna, decide filmar en su primera película una historia de época. Tal vez vista hoy en día no lo notemos de inmediato, pero las protagonistas de Passion pertenecen a una generación anterior a la de Chang: son las madres que deciden renunciar al amor romántico por una serie de valores familiares/sociales que tienen raigambre vieja. Una mujer moderna de los ’80 nunca se hubiera comportado como lo hacen las protagonistas de la Chang. Estamos mirando/viviendo conflictos de señoras grandes, que ya miran este presente (del cual la propia Chang es parte) desde un ocaso cómodo. Y, sin embargo, Sylvia las comprende, las retrata, las ama. Las envuelve en las sedas de un melodrama en el que sus corazones se expanden y alcanzan completa justificación: si hasta la amiga garca tiene su rincón de comprensión en esta película que apuesta por la amistad (no exenta de rivalidades) por sobre el amor. Yang nunca hubiera podido filmar eso.

Sylvia Chang no volvió a trabajar con Edward Yang: sus caminos se separan. Yang consolidó su camino como autor, la ambición de su cine, al igual que su prestigio. Chang ya era y siguió siendo una gran matrona del cine: estrella y madrina, productora independiente y actriz fundamental del cine oriental. Yang elaboró películas labradas, precisas, escasas, y murió joven. Chang sigue viva, sigue trabajando: la última de las 106 películas en las que actuó es de 2019; la última que dirigió (espero poder verla pronto) es de 2017.

Sus primeras películas como directores funcionan como espejo, díptico tal vez involuntario, miradas opuestas.

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