Berlanga / Minnelli: utopías manchadas, por José Miccio

El pueblo que da nombre a Calabuch, la cuarta película de Luis García Berlanga, tiene novecientos veintiocho habitantes y está situado en una península rocosa del Mediterráneo, alguna vez fuerte defensivo y hoy (1956) tierra de paz, a tal punto que los cañones, ya oxidados, no sirven para la violencia sino para airear la ropa y para que los chicos hagan pis. Es un lugar inventado por Berlanga y sus guionistas, y al que sirvió como locación el pueblo de Peñíscola, en la Comunidad Valenciana. Un día llega a Calabuch el doctor Hamilton, un “sabio atómico” a quien pronto todos empiezan a llamar Jorge. Llega huyendo de los grandes países, de sus guerras y de su propia contribución a lo que ya se adivina un desastre. De este modo, por medio de un extranjero, Berlanga opone el pueblo chico a los intereses mayúsculos de la gran historia y la gran política. Que alguien encuentre un lugar alternativo y socialmente superior al que conocemos recuerda obviamente a Utopía, la isla que devino tiempo, tal como indica el hecho de que la palabra haga pensar menos en un lugar que en el futuro. Es justamente esta dimensión la que Berlanga deja de lado. Como tantas otras, su utopía es regresiva: además de lejos de las grandes potencias, la sociedad deseable está antes de la actualidad, no después. O en todo caso: es un retorno. El aspecto medieval del pueblo ayuda a percibir este corrimiento temporal, y como en la primera escena vemos a los hombres vestidos de romanos el tema del pasado se hace más notable aún.

Así como existe el tópico “pueblo chico, infierno grande”, existe también su contrario: el pueblo chico protector, la comunidad amplia y diversa, con sus vicios comprensibles y fácilmente disculpables, al fin y al cabo son también los nuestros. Se trata de una cierta idea de pureza o impureza menor (pícara, simpática) asociada siempre al poco desarrollo. “Si esta no es la felicidad, se le parece mucho”, dice Jorge en un momento, pensando en el hecho de que todos en Calabuch hacen lo que les gusta y nadie molesta a nadie, más allá de ciertos detalles. Poco después concluye: afuera de Calabuch está la bomba, en Calabuch la vida. Para que esto pueda decirse así, además de una fantasía, Berlanga debe ofrecer una representación social que funcione positivamente, que sea deseable, y esa representación es la comunidad pequeña, que le permite reunir valores anarquistas y liberales que en otra escala no podrían coincidir. En una escena una chica le dice a su novio, con quien no se puede casar porque el padre no la deja y porque él no tiene un bote propio: “¿Crees que trabajar te mataría?”. Y el novio le responde: “Si trabajas para ti, no”. Ese es el punto. De modo que en Calabuch las relaciones sociales son relativamente simples, no hay mayor desigualdad, la cárcel es más bien una posada y todos los personajes se muestran conformes con lo que hacen. Berlanga es un utopista de pueblo chico. Como dice Jorge a propósito de la pirotecnia, en una frase que en la película se carga de sentido: “No es conveniente sobrepasar una cierta altura”. Que es como decir: no es conveniente llevar el desarrollo más allá de lo controlable. En la pequeña escala la armonía es posible y el conocimiento científico puede ponerse al servicio de la elaboración de cohetes para el concurso regional de fuegos artificiales en lugar de para la producción de armas de destrucción masiva.

Jorge ocupa el centro de la escena y nos permite descubrir con él una realidad alternativa, regida por criterios distintos de aquellos que en las grandes ciudades (a cuyo público está destinada la película antes que a ningún otro) se suelen asumir como naturales o dominantes. Pero Calabuch es una película coral, llena de personajes encantadores, no importa la función que cumplan. El policía es simpático aun cuando se muestra renuente a dejar que su hija se case con el muchacho al que quiere. El cura acepta a todas las personas en la iglesia (incluso protestantes) excepto a los que hacen trampa al ajedrez. El farero está interpretado nada menos que por Pepe Isbert, lo que le asegura gracia y picardía. La maestra es dulce. El contrabandista, un gran tipo, tal vez el mejor de todos, ya que es también el encargado de proyectar películas. Todos tienen sus vicios y renuncios, pero también una bondad esencial, en algunos algo bruta, que se opone a los intereses de las potencias. De hecho, reciben a Jorge menos como si llegara que como si volviera. Para el viejo, decir el nombre y contar una historia básica, sin ningún esfuerzo de verosimilitud, alcanza para que una chica le preste un traje de baño, el cura lo invite a la iglesia, la maestra le pida ayuda en la escuela y el contrabandista lo haga su cómplice. En unos días, el pueblo entero se hace amigo de Jorge.

La nota discordante es la maestra de Valentina Cortese, que se siente sola y aparece como un personaje melancólico, temperamento más bien excepcional en Calabuch. En esto, recuerda a la pastora de la dos años anterior Brigadoon, distinta en carácter pero con un rol narrativo similar: señalar un punto ciego de la utopía. De hecho, el rocoso y marítimo Calabuch se parece en lo que más importa al pueblo escocés de prados, bosques y colinas en el que transcurre casi toda la obra maestra de Minnelli: es chico, deseable e impuro. También presenta dos diferencias importantes. Primero, existe en la misma dimensión que todos los otros lugares, no un día cada cien años, que es el regalo que Dios le hizo a Brigadoon para que los cambios no lo arrastren en su vértigo. (El pueblo tiene aspecto medieval, el año en el que accedió a la temporalidad alterativa es 1754: se trata obviamente de un milagro premoderno). Segundo, carece de su mayor oscuridad. Porque hay algo terrible en Brigadoon. Algo que la fiesta de color, música y baile que proponen Minnelli y los autores de la obra original (Alan Jay Lerner y Frederick Loewe) se obliga a incluir por más utópica que sea: como la persistencia del milagro exige que ninguno de los habitantes abandone nunca el pueblo, todo dolor está condenado a permanecer cerca de su causa. Y para siempre. Es lo que muestra el muchacho con el corazón roto, cuya suerte es vivir eternamente al lado de la mujer que ama y de su marido, viendo la felicidad que no le toca. Cuando quiere escapar, porque una vida como esa le resulta insoportable, el pueblo entero se convierte en la policía que no tiene y lo persigue hasta que un balazo accidental lo mata. El milagro es una cárcel. La fiesta de bodas es también un funeral.

Cárcel, funeral. Para Tommy (Gene Kelly) eso es Nueva York, que funciona en la película de Minnelli como el mundo contemporáneo en Calabuch. La escena en el bar, con todos acelerados hablando de plata y trabajo tiene una furia incluso mayor que la que puede encontrarse en Sirk, que dedicó escenas de Escrito en el viento y Sublime obsesión a esta misma sociabilidad terrible e imaginó su propia utopía en Lo que el cielo nos da: un Walden de dos, lejos de la vida burguesa y de sus nociones de éxito y respetabilidad. La banda de sonido señala el cambio que significa el abandono del pueblo y el retorno a la ciudad por medio de un acorde chirriante; lo que viene después es su continuación por otros medios: ruido de vasos, voces superpuestas y conversación vacía. Nadie canta ni baila en esta Nueva York marrón y gris, tan distinta de la que el propio Kelly supo llenar de música y color cinco años antes con Stanley Donen en Un día en Nueva York. La fiesta, la sensualidad, la capacidad misma de sentir amor: todo eso pertenece a Brigadoon. Tommy podría decir lo mismo que dice Jorge de Calabuch: en Brigadoon está la vida, afuera de Brigadoon la bomba lenta de la ciudad. Podría decirlo porque el pueblo no es para él un mero lugar de descanso sino la cura para el vacío existencial que lo tiene atrapado y que un diálogo con su amigo Jeff (Van Johnson) expone al comienzo, de modo indirecto, por medio de la lectura de un mapa:

«-¡Qué hay en el centro?

– Nada.

-Ahí estamos».

Pero si bien para Tommy es perfecto, porque el pueblo le ofrece la armonía que la ciudad le niega y Cyd Charisse el amor que no existe entre él y su prometida, el milagro de Brigadoon puede ser extremadamente cruel para quienes no encuentran su lugar. Lo que el muchacho que muere al querer escapar muestra como drama, la pastora que se quiere casar con el notable cínico oscarwildeano de Van Johnson lo muestra como comedia. Igual que la maestra de Berlanga, la mujer está sola (y no quiere estarlo). Pero a diferencia de lo que sucede en Calabuch, Brigadoon no crea las condiciones para resolver su problema, así como no las crea para que Jeff encuentre algo por fuera del alcohol y el desprecio por un mundo horrible que no va a abandonar. Lo notable de Brigadoon es que para imaginar la utopía se obliga a imaginar también no solo todo aquello de lo que la utopía podría salvarnos (lo que es lógico, porque el contraste acentúa el premio) sino también todo lo que la mancha. Todo lo que puede convertirla, por su misma forma, en un castigo. ¿En cuánto sufrimiento se sostiene la Arcadia? O mejor: ¿cuánto sufrimiento estamos dispuestos a aceptar para que la Arcadia exista? Porque en Nueva York no es posible. Pero en Brigadoon no es pura.

Aunque asegure el emparejamiento de todos los personajes (la maestra y el contrabandista, los dos solitarios, se gustan y quedan en condiciones de reunirse) en Berlanga existe la misma intuición, la misma moral que en Minnelli, irreductible a la obvia y mera influencia que su película recibe de la de su colega americano. Es algo más hondo. Como si un artista no pudiera crear un paraíso sin crear también aquello que le quita su condición de tal. Como si un paraíso que no puede perderse o exhibir sus fallas solo fuera posible para predicadores y mercachifles. Como si hasta en la ficción más absoluta hubiera que hacerle lugar al dolor y en última instancia a la muerte. Al final de Calabuch Jorge debe regresar al mundo que desprecia. “No hay ningún sitio”, concluye, como señalando la existencia solo cinematográfica de la utopía (al fin y al cabo, nosotros entramos y salimos con él: el tiempo de Jorge en el pueblo es nuestro tiempo en la sala, a pesar de que uno dure varios días y el otro noventa minutos). “No hay ningún sitio”, podría decir Jeff al final de Brigadoon, tan fuera de Nueva York, que le ofrece una vida que odia, como del pueblo escocés, que le ofrece una vida que no puede amar. Tan metido en la nada, que es el lugar en el que la película lo deja. Esto que les pasa a los extranjeros amenaza también a los locales, lo sepan o no. Por eso, en Minnelli, el joven y la pastora. Y por eso, en Berlanga, que no tiene ningún personaje equivalente, el bautismo del bote. Ocurre cerca del comienzo. Cuando, tal como indica el rito, la botella se rompe contra la proa, las letras del nombre se corren. Y el nombre, claro, no es uno entre otros: es Esperanza.

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