Palo Pandolfo contó una vez que en un recital de Divididos estaba tan puesto que se subió al escenario, hizo unas monerías, se tiró al público y se la dio contra el piso, donde permaneció inconsciente hasta que Chaban lo despertó y lo acompañó a la puerta de Cemento como un ángel de la guarda que llegó tarde a la cita. Es una de las tantas historias de vértigo y falopa asociadas al rock, parodiadas mil veces, en general estúpidas, a veces tentadoras, en retirada desde que todos decidieron que lo mejor era ser sanos y presentables, en la vida y en la música.
El problema deriva de esto último. Palo en el piso de Cemento es una anécdota. Ese momento de “Patearte hasta la muerte” en el que canta “Siempre estoy mirando los bosques negros del piso” es Cemento, el vuelo de su autor, el desmayo, la música y el retorno a la presencia. El rock tuvo siempre un lado motivacional y naif, pero los dioses de su ciudad fueron el éxtasis y la inquietud existencial. “Toda esta canción es agonía”, canta Charly en “Cuchillos”. Solo El Nota parece animarse hoy a algo parecido. En “No cesará”, una de las tres canciones de Algunos sueños son para los chetos, se niega a ofrecer cualquier solución o bálsamo al rumor indetenible de la angustia. Las estrofas, con sus verbos en segunda persona, insisten en recordarle a quien escucha que esa fuerza innominada, que agrieta todo suelo, lo acompañará siempre, contra los sostenes definidos e incluso contra la fortuna ocasional. “No cesará cuando encuentres trabajo / tampoco cuando pidas renunciar / No cesará cuando encuentres pareja / ni cuando sientas amor de verdad. (…) No cesará cuando un conocido / te abrace y diga que sos un amor / no cesará cuando venga un amigo / y recomiende cesar tu sesión”. La canción no solo advierte al oyente sobre lo incesante sino que muestra un cambio en el que canta. En el marco de las estrofas (que es también el estribillo) dice primero: “No sé si cesará”, y al final concluye: “Sé que no cesará”, como si la propia canción lo condujera a esta certeza.
Quizás también por esto, no solo por el espectáculo, existan en el rock las historias de vértigo y falopa. Al menos las que, junto al reviente, permiten observar el rastro espeso de la angustia. Los reformadores, entre los que hay que contar a los analistas de “Cerca de la revolución”, no lo entenderán nunca, guiados como están por su renuncia a la estética, pero canciones como “No cesará” no enferman a los sanos, y aunque es verdad que no salvan a los enfermos, se quedan con ellos en lugar de abandonarlos. El día que no haya más canciones de suicidio, los suicidios aumentarán. Si ya estás en la azotea, salta.
Charly escuchó el consejo, pero se aseguró de que al final del camino hubiera una pileta. El 3 de marzo de 2000 subió al techo del hotel en el que se alojaba, probó el viento dejando caer unos muñecos, saltó y horas después compuso “Me tiré por vos”, que grabaría en Sinfonía para adolescentes y en la que, además de cantar lo que dice el título, invita al oyente a seguirlo: “Tirate ahora”.

No deja de ser otro episodio del Charly rockstar. Como cuando tiró un televisor por la ventana o se bajó los pantalones en el escenario. O como cuando invirtió los términos del operativo provincial “Sol sin drogas” e imaginó un verano de drogas sin sol. Pero su arribo a la canción convierte el salto también en otro episodio de su historia musical con la muerte. De Vida a La lógica del escorpión, Charly no dejó nunca de tratar con ella. La espera con calma en “Canción para mi muerte”, la convierte en metáfora en “Rasguña las piedras”, la alucina como espectáculo en “El show de los muertos”, se rinde ante su poder en “Viernes 3 AM”, la desafía en “Me tiré por vos”, la cita como mito rocker en “El club de los 27” y por supuesto la enfrenta cuando se deja entrever tras algunas formas amenazantes. De dos maneras. La primera es motivacional. La segunda (la decisiva), estética. La expresión más clara de la primera es “No te dejes desanimar”. La expresión máxima de la segunda es “Inconsciente colectivo”, o la victoria de la canción ante la muerte. Un día (“Hoy”) Charly despierta cantando una canción que ya fue escrita. No la compone: la comparte. La trae del rumor originario que en todos permanece, adormecido hasta que algo lo agita. La trae porque escucha una voz “en los aleros de la mente” y puede hacerla accesible también a quienes registramos solo frecuencias medias.
En la anécdota del hotel, el techo. En la canción, los aleros. Hay cosas que solo pasan en el borde, del vacío o de la mente. Un día Charly salta. Otro escucha. El tema es que no es posible anticipar qué toca cada vez.
Lo que sí puede saberse, porque el paso del tiempo lo fue haciendo cada vez más claro, es que la espera-búsqueda de Charly no es una obra ni una carrera sino algo más ambicioso: una canción que, como la angustia, no cese. “Chipi chipi” la presenta como obra de una voluntad: “Esta canción durará por siempre / por eso mismo yo la hice así / Una canción sin amor, sin dolor / la canción sin fin”. Más aguda, “Inconsciente colectivo” la presenta como obra de la gracia y la atención. Charly comparte una aspiración de firma y anonimato con otros músicos populares. Cuchi Leguizamón cuenta que una vez, enojado con la vida, escuchó a un chico silbar “Zamba del pañuelo”, le preguntó qué era y cuando el chico le dijo: “No sé, me gusta y por eso lo silbo”, recuperó algo de esperanza. Yupanqui reflexionó en una entrevista sobre la autoría a partir de la anécdota de un hombre que cantaba algo sobre lo que quiso saber más. “¿Quién la escribió?”, peguntó entonces. “No sé”, contestó el hombre. “Quiero alcanzar ese no sé”, concluyó Yupanqui. El encuentro de una canción que pertenece a todos, tal el tema de “Inconsciente colectivo”, tiene su versión complementaria en la anonimización de una canción de autor, que es de lo que tratan las anécdotas de Leguizamón y Yupanqui. Un triunfo final contra la fama. En “El colmo”, Adrián Dárgelos canta: “Por eso canción llévame lejos / donde nadie se acuerde de mí / quiero ser el murmullo de una ciudad / que no sepa quién soy”.
“Inconsciente colectivo” y “El colmo” son canciones hermanas. Tienen como tema el magma sonoro del que todo viene y al que todo conduce. Charly trae algo de ahí. Dárgelos le devuelve algo. Uno viene de la voz. El otro va hacia el murmullo. Los dos tratan con la ambición última: quiero hacer prehistoria.