El más grande film francés, por Jean-Pierre Melville

Cuando el noble Philippe Leroy-Beaulieu, el patético Marc Michel, el admirable, el adorable Jean Keraudy me decían, uno tras otro, cuando les felicitaba: “Esto no es para nosotros, no hemos hecho nada, es el señor Becker quien ha hecho todo” y Raymond Meunier, cuyo párpado inferior tiembla cuando le aseguro que su creación le coloca entre los mejores actores franceses. (…)

Cuando Rino Mondellini, al borde del abandono en el momento de acabar el decorado, me confiaba: “¡Es demasiado duro el señor Becker, es demasiado duro! Me critica todos los detalles del decorado. ¡Ha pedido que los muros de la celda sean de cemento! ¡Quiere que los muros de la celda sean de cemento! ¡Quiere que la prisión sea verdadera! (…)”

Cuando Silberman, el productor, después de la muerte de su director, negó al distribuidor el cortar aunque sólo fuera un fotograma del film para facilitar la explotación comercial.

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Cuando, finalmente, Jean Becker medía el genérico final y el minuto a partir de la Melodía en la menor de Rubinstein en el piano, y cuando se da uno cuenta que ninguna otra música hubiera podido, ni más dolorosamente ni más admirablemente, acabar el film y cerrar esta cosa asombrosamente ínfima que es la vida de un hombre ejemplar, es preciso, antes de hablar de cualquiera de sus obras, hablar de este hombre.

Era bello como un dios, o como un diablo; de una belleza extraña y magnífica. Él debía haber oído, como Alejandro, a la sacerdotisa de Delfos, decirle: “Hijo mío, nada se te puede resistir.” La frente alta, los cabellos abundantes y más cerca cada día del blanco puro, la nariz larga y recta, señorial, reclamando justamente para su equilibrio un bigote militar, poblado, recubriendo una boca a lo Toulouse-Lautrec, bigote alisado continuamente por una mano de bronce que se hubiera dicho que estaba esculpida por Rodin. Sus ojos (pero, de verdad, ¿eran grises sus ojos?) penetrantes apuntaban como un Pantachar o un Cock, ojerosos hasta las mejillas, expresando una inteligencia y un ingenio alrededor de los cuales había construido su fuerza.

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Un poco de Barbey d’Aurevilly cruzado de Zíngaro, o el hijo que Taras Bulba hubiera tenido con una princesa de Occidente.

Porque el observador crítico podía adivinar en esta criatura de tanta clase un punto de ruso que él sabía también, cuando hacía falta, manejar muy diestramente.

La verdad: de origen anglosajón, pero más bello que nunca haya sido un británico. Quizá albergaba la huella de un viaje de Leczinski, o los vestigios de un derecho de pernada.

Con ello, su voz grave dejaba escapar a veces una duda, una forma de girar siete veces su lengua en la boca, que no era, sin duda, deliberado, pero gracias a lo cual conseguía decir, traducir exactamente su pensamiento, llevando al arco todas las cuerdas posibles y a veces inesperadas, dejando a su interlocutor la única fuerza de asentir.

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(…) Becker ha muerto de un hemacromatoma que desde su nacimiento formaba lo esencial de su complexión física. Dicho de otra forma: su organismo fabricaba sin cesar hierro y no podía eliminarlo. Desde hacía tres años, conocía su mal y sabía su destino que, tarde o temprano, le condenaría a morir convertido en una estatua de hierro.

Ahora bien, es durante esos meses terribles en que, lentamente, uno tras otro, todos sus órganos fueron literalmente devorados por el hierro, cuando Becker ha construido un film en el que el acero tiene un papel tan grande: el azogue de la pequeña esquirla del espejo, las llaves, los barrotes, la lima, la mirada de Manu, la pata del catre, la barra de mina. Sus resistencia heroica, su negativa a abandonar una sesión de doblaje, aún cuando era víctima de una embolia pulmonar, habían hecho ya de él un hombre de hierro, antes que el frío y el gris de la muerte le hubieran postrado, bello sólo como los que le vieron lo saben, un domingo de febrero. (…)

¿Por qué esta obra, tan totalmente despojada de la menor referencia religiosa (a no ser el hecho de que Monseñor era sobrino de un obispo) está tan cerca de hacernos creer que hay algo de divino en el hombre? Manu es bello como un dios griego, y Rolando, con sus dedos cortos, crea el mundo… de la evasión y la libertad.

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Pero también el diablo está presente. Este ángel asexuado (ya sé que esto es un pleonasmo), este Lucifer bello como una muchacha, a cuyo encanto no es insensible el director. Y esas dos exploraciones (sobre todo la de la noche) hechas por unos demonios vestidos con blusa llevando la escala corta de los abismos, tan querida por los pintores demoníacos.

Un día, Becker me confió su idea de reemplazar a la pequeña Spaak, en la escena del locutorio, por un efebo. (…) Renunció en seguida a este proyecto.

¿Cuántas páginas harían falta para enumerar las maravillas de esta obra maestra, de este film que considero -y peso muy cuidadosamente mis palabras- como el film francés más grande de todos los tiempos?

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No creo que Becker pueda ser considerado como un alumno de Renoir -siendo un maestro, no podía ser un alumno- pero estoy seguro de que había guardado algunas nostalgias obsesivas de La gran ilusión. (…)

Durante diez minutos, a la salida del cine Marignan, la noche del estreno, Rene Clement ha solllozado a mi lado, repitiendo: “Perdone, perdone, estoy muy apenado”.

Comprendo a Jean Keraudy desplomándose junto al cuerpo de Jacques y besando sus pies.

El amor y la humildad son, ahora, los dos únicos sentimientos que podemos tener con respecto a este bello joven gris, muerto para nosotros hace tan poco tiempo, durante el montaje, en su sillón; Moliere tampoco murió en el escenario.

Jacques…

Jean-Pierre Melville

Fragmentos transcritos de Temas de cine N° 31, 1963, Madrid.

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