Vivir ahí, por Marcos Vieytes

Pocos días atrás encontré unas fotos de Mar del Plata tomadas por un reportero ucraniano de la revista Life durante la segunda mitad de los 50, pocos años después del bombardeo a Plaza de Mayo y del golpe de Estado contra Perón. Ahora estoy mirando capturas de una película francesa de los 70, la década y el continente a los que me siento irremediablemente unido. Nunca estuve en Europa, pero mis viejos son nietos de italianos y españoles. Las fotos y las imágenes de la película tienen en común los colores vivos, esa textura tan ajena a la nitidez de las pantallas. Por más que las esté mirando en una computadora, se nota el papel en que fueron impresas. La película transcurre en un agradable ambiente burgués, pero es un teatro de dolor. Debajo de los colores, de la alegría, de la farsa, hay algo que falla, que falta.

Me gustaría contar la historia de mi familia, investigar por qué llegaron a ser quiénes son y en qué contexto lo hicieron. Perezoso, hablo únicamente de lo que me pasa aquí y ahora: esta fuga continua a los mundos interiores del pasado o del sueño, por usar los dos primeros nombres que se me ocurren, similar a la de los personajes de las películas de Claude Sautet. La foto de César y Rosalie me lleva al momento en que el viejo protagonista de Cuando huye el día vuelve a ver a sus padres muertos desde hace décadas al otro lado de la bahía y se saludan con la mano. Marcello Mastroianni también la levanta como un nene cuando se despide de los suyos al final de 8 y medio. ¿O son los padres los que se despiden del hijo, que no puede ni quiere dejar de pensarse como tal por más adulto o viejo que sea? La madre de Marecello se encoge de hombros cuando le pide que espere, y sigue caminando junto a su marido hasta integrarse en el desfile de criaturas imaginarias del hijo, esa danza macabra bergmaniana en versión circense.

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Cuando huye el día (Ingmar Bergman, 1957)

 

Mis viejos viven aún y no hay razones excepcionales para pensar que podría pasarnos algo fatal en estos días, pero tienen más de 70 y, sobre todo, hace ya unos años –no demasiados- que estoy consciente de que uno puede irse a dormir y no despertarse al día siguiente sin que el mundo se detenga. Nada de eso es raro para buena parte, si no la mayoría, de los mortales, pero sí para alguien educado en una doctrina religiosa que le prometía la eternidad física. Recuerdo que iba durmiendo en el colectivo hace no muchos años cuando me di cuenta por primera vez de algo tan extraordinario y banal como esto de que nuestros días están contados. Me desperté sabiéndolo y también, de alguna manera, liberado.

A esta altura de mi vida no me caben dudas de que atrás de todas las mujeres que me atraen está la diosa, pero mi deseo mayor detrás del placer por las imágenes de esa época no es otro que familiar. La imagen de esa película francesa es el contracampo de la foto mental de mi infancia. Yves Montand podría ser tranquilamente mi viejo, con su empuje por momentos desesperado y su conmovedora fragilidad, quizás por hispánica mucho más austera. Romy Schneider mi vieja o, más bien, una idea de lo materno, pues el orgien italiano de la mía poco y nada tiene que ver con la vienesa emperatriz de ficción en verdad mucho más frágil y menos estructurada de lo que parecía. Recién ahora me llama la atención que haya sido ella y no Claudia Cardinale la encarnación de esto. El tercero de la foto es Sami Frey. Descartada las hipótesis autobiográficas del trío, e incluso la del amante, inimaginables para mi religiosa familia, sólo se me ocurre pensar que ese lugar sea el de uno de mis tíos paternos (pero esta asignación simbólica, me doy cuenta recién ahora, no esconde a otro que a mí mismo).

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8 y medio (Federico Fellini, 1963)

El menor de los dos hermanos de mi viejo me regalaba cochecitos de juguete, acaso el primero de mis objetos de colección, paseaba conmigo, me cuidaba las pocas veces que mis viejos salían solos, iba de vacaciones con nosotros a la playa como un hijo más. Era el único de los tres hermanos que aún vivía en la casa paterna cuando el cáncer consumió a su madre, mi abuela Elisa, en menos de un mes en 1979, antes de cumplir los 60. Casi inmediatamente se fue a vivir con una mujer mayor que él, casada y con un hijo, lo expulsaron de la religión a la que pertenecíamos, y no me dejaron verlo durante más o menos una década. La noche en que me enteré de la noticia estaba leyendo en la cama uno de los libros de texto de los Testigos de Jehová cuando mi viejo nos reunió para contarnos la novedad. Yo tenía menos de nueve años. De una pared cercana al baño del PH donde vivíamos, a tres cuadras del cementerio de San Fernando, colgaba una reproducción del afiche de Toulouse Lautrec para el Moulin Rouge. El título del libro que estaba leyendo era ¿Es la evolución de las especies una realidad?

¿Qué significa Francia para mí? Sobre todo las películas de Sautet, también las de Pialat, y el recuerdo de un idioma que me fascinaba cuando Salvador Sammaritano presentaba películas de Renoir los domingos a la medianoche por Canal 7. Casi nunca podía ver Cine Club porque me mandaban a la cama a las diez, norma que transigía escuchando la radio que escondía debajo de la almohada, pero todavía guardo el recuerdo de Jean Gabin en Los bajos fondos. Pasaban seguido sus películas de los 30. Años más tarde viajé desde San Fernando hasta el centro a comprar el VHS de French Can Can porque la impresión de una majestuosa mujer desnuda a lo Degas, que aparecía apenas un segundo entre una puerta que se abría y otra que cerraban, pero sobre todo la felicidad contagiosa del final eran imposible de olvidar. Mi vida carecía de la sensualidad objetiva o proyectada del idioma (Rithy Panh siente más o menos lo mismo en La imagen perdida), de esos placeres bohemios y burgueses, de esos amores, de esa liberada sexualidad. Y yo los necesitaba como el agua porque, a pesar de la doctrina circundante, no conseguía convencerme de que eran superfluos.

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César y Rosalie (Claude Sautet, 1972)

Por eso vuelvo a César y Rosalie, a esa foto fija de la pequeña burguesía que Sautet comprende y critica pero sobre todo describe y jamás desprecia. A la sensualidad de esa foto cuyos mar, sol y playa me arrullan con el encanto erótico de toda canción de cuna. A Romy en bikini con la nena a upa, a ese termo con café -que sería mate entre nosotros- y a los miembros de esa familia tribal reunida en una casa de la costa por la que todos dan vueltas, medio desnudos y entreverados, jugando a las cartas después de cenar sin apremios laborales, televisor ni celular, como cada vez que íbamos a la casa de mis abuelos maternos en Polvaredas, único sitio en el que mis viejos no discutían ni trabajaban. Ahora ya no hay nada de eso a mi alrededor. Tampoco ese bullicio, seguramente insoportables para mí fuera de las películas. Mis viejos tuvieron un par de hijos que no concibieron los propios ni tampoco relaciones duraderas. No hay bullicio alrededor,

Pero me pregunto qué intimidad quiero recuperar con este soliloquio y por qué se atasca justo ahora para que vuelva la última imagen de Cuando huye el día? ¿Por qué no sigo adelante aunque no sepa hacia dónde? Casi al final de César y Rosalie se oye sin razón la voz de Michel Piccoli, que no actuaba en esa película que también carecía de narrador hasta ese momento. Ya quisiera tener el auxilio, me digo, de uno como ése que siguiera el relato en mi lugar, alumbrara el sentido de lo que escribo y contara lo que niego u olvido. O que hiciera lo que estoy haciendo ahora, pero con estilo.

 

¿Y si el estilo fuera precisamente lo que falta o lo que falla, una intermitencia? Dudando escribí malversaciones, vale decir malas versiones de buenos versos, y párrafos sobre películas que pasaron por ser crítica de cine. Dudando escribo esto que no es otra cosa que un montaje, pero el montaje me está pidiendo imágenes que no sean literarias, la crítica me angosta, y la poesía es aquello que me habita demasiado esporádicamente como para no darme cuenta de que yo me hallo mucho más a gusto con ella que ella conmigo. Su soberana indigencia es lo contrario de aquello que domino. Sólo ocurre cuando, de una u otra manera, estoy fuera de mí. Y lo que yo quisiera es escribir con plena conciencia de estar haciéndolo. No me refiero a ser necesariamente autobiográfico, esa especie de marca cuando no de tara que me moldea, facilidad o apremio que no consigo corregir sin distraerme, sino a la adquisición de algo parecido a una metodología de la voz, artesanía que no implique sentir que todo misterio desaparecerá al adquirirla.

¿A quién le importa lo que invente sobre esa imagen de una película de hace ya medio siglo? Porque ni siquiera hay recuerdos: sólo viví siete -casi ocho- años de esa década, así que no me queda otra que inventar, y la invención sirve si el inventor ha sido tocado por esa gracia llamada imaginación. Ahora se me aparece la imagen del peinado afro de Tarantini y la sigo para gambetear una hipotética defensa. Mi vieja baja de su ciclomotor, se saca el casco, y descubro horrorizado que ha suplantado su larga y lacia caballera negra por una idéntica a la del marido de Pata Villanueva. Mi vieja aprendió a manejar en su pueblo natal cuando era chica, a bordo de un Ford A con un cajón de manzanas en lugar de asiento para llegar al volante. Cruzó la adolescencia en algo parecido a una Vespa, rechazó varios aprontes de mi viejo antes de comprometerse con él, y yo me puse a llorar cuando la vi con eso en la cabeza.

No sé por qué siento que si no escribo todo de una vez y sin necesidad de correcciones no tiene caso hacerlo. ¿Sólo para desanimarme de lo que hago en el mismo instante en que estoy haciéndolo? Con paciencia, el aburrimiento sitia la fortaleza de mi voluntad. Porque el aburrimiento -ese moroso terror- es mi única verdad. Nací aburrido y, según contaban mis viejos, ya en este mundo no hubo pasatiempo que me durara salvo el infinito, cíclico e infinitivo del cine: vivir ahí, en el universo detenido de una foto o de una película, en ese movimiento falso con límites fijos. Prefiero la película a la fotografía porque tiene un poco más de juego, y la ilusión de movimiento me entretiene, me tiene entre ella siempre un rato más.

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César y Rosalie (Claude Sautet, 1972)

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