Prócer, por Marcos Rodríguez

Las grandes películas (y yo no he visto que Marco Bellocchio nos haya entregado más que grandes películas) tienen un efecto doble y contradictorio: despejan el aire, hacen que todo parezca claro, y a la vez bloquean la interpretación. ¿Qué decir sobre el cine de verdad? Todo lo que había para decir lo dice la película de la mejor forma posible. Uno puede, por supuesto, amoldarse y repetir: desplegar en texto lo que en la pantalla tiene una contundencia innegable. Pero, ¿para qué? El gran cine nos coloca en una situación en la que las palabras en realidad no sirven para mucho. Ese es uno de los aspectos de su belleza.

Dicho esto, ¿por qué no tratar de transmitir un poco del entusiasmo que me generó Il traditore cuando pude verla en pantalla grande (enorme) en el Festival de Mar del Plata? A la salida de la función (en sala enorme, agotada) había algunos tibios: que le falta locura, que no logra la perfección de otras, que qué sé yo. Tibios habrá siempre. Bellocchio hay uno solo.

Primero debo decir: la experiencia de ver Il traditore en sala repleta fue maravillosa. Pero no es menos cierto que cuando vi la película por primera vez fue en condiciones bastante peores: en televisor (en formato no tan legal… ejem), cortada en catorce partes, con días de intervalo entre cada sentada. Y aun así me fascinó. Tanto como para ir a verla de vuelta. No quiero decir que la experiencia de la sala no sea importante, pero también hay que reconocer que una película enorme se banca mucho más de lo que uno puede imaginar.

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Lo que no puedo dejar de preguntarme es: ¿qué es lo que hace tan bien Bellocchio? Casi imposible definirlo. Todo. No se trata de saber encontrar los personajes justos (aunque eso también) o de saber encontrar el enfoque justo para retratarlos (aunque eso también) o de saber manejar a los actores para que lo dejen todo (eso, evidentemente, también) o de saber jugar con el espectador (el tano hace lo que quiere con nosotros) o incluso hasta de manejarte la música de forma simple y perfecta (Un amor como no hay otro igual…) o de poner la cámara siempre en el lugar justo. Bellocchio toma una historia real, mete mafia, mete familia, nos lleva de un lado para el otro a través de un proceso de décadas, que implicó traiciones sangrientas pero también largos procesos judiciales que deben haber sido de lo más aburridos. Y siempre encuentra algo. Una historia compleja, con infinidad de personajes, y el viejo te la resuelve fácil: placa a mansalva para contar lo que sea necesario contar y después cine, puro cine. Como si hubiera encontrado la fórmula perfecta para lograr que cada plano, absolutamente cada plano, esté lleno de sentido. No hay nada al azar, desde ya, pero no se trata de simple clasicismo narrativo: el sentido que busca (y encuentra) Bellocchio es otro: es el sentido del cine. Una escena de sexo, una mesita de luz con tintura para las canas, un plano insertado de unas hienas, helicópteros, putas, hermanas desencajadas, presidentes en calzoncillos, supermercados con góndolas con ametralladoras, calles brasileñas de madrugada, cospeles, anteojos y bigotes, cigarrillos, cigarrillos por todos lados, un apretón de manos, un perro que duerme la siesta en el portón de una casa de pueblo.

Bellocchio maneja con tal peso la cámara, se planta con los pies tan en la tierra de cada lugar que quiere registrar que podemos sentir el calor de Brasil, la arena italiana y el aire acondicionado yanqui sin que nada lo señale. Primera escena: placas, placas, una casona frente al mar. Primeros planos de Tomasso Buscetta con traje blanco: revisa el saco de uno de los tipos con pañuelo que están parados en fila: chequea que tenga bien el arma, lo golpea en el pecho. Ya está. Lo dijo todo con nada y estamos adentro. Lecciones del clasicismo que Bellocchio procesa a través de la intensidad del cine moderno, que le permite romper cuando hace falta, saltar cuando hace falta y volver de un salto para atrás para cerrar la película con un flashback que debe haber perdido a buena parte del público pero que lo dice todo.

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El traidor es un héroe. En varios sentidos. Es el protagonista de la película. Es fotogenia pura. Es los ojos desde los que miramos. Es el que derriba a la mafia. Pero también es un narcotraficante que cree (o, por lo menos, dice creer) que la buena mafia vieja era otra cosa, que los líderes mafiosos morían sin un centavo porque lo que les importaba era proteger a los suyos y que fue la droga la que cambió todo. Un tipo que declara que prefiere cojer a dar órdenes pero, también, un tano grasa que se gasta la plata que tiene en cirugías plásticas y vacaciones en yates. Un tipo que lo pierde todo y pone a su familia en peligro para vengarse de los que lo atacaron. Un hombre destruido por la culpa. Un redimido por sus acciones. Un mentiroso que no recuerda haber mentido. Un comprador. Un héroe cívico que se enfrenta él solito a las instituciones más altas de poder (y corrupción) con poco más que su candidez. Un viejo que no volvió a dormir tranquilo en su vida. Un prócer más grande que la vida. Un pintoresco pedazo de pasado con honor, códigos y porte. También, y esto es importante, un asesino. De ahí la importancia del final. Bellocchio no se ahorra nada y no nos ahorra nada. Bellocchio siempre es más.

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