Milac Navira (I), por Marcos Vieytes

– Decime que sí.

– Ni en pedo.

– ¿Por qué?

– Porque no quiero.

– Ah, puro orgullo ¿viste? No tenés razón.

– No necesito ni me interesa tenerla. Con las ganas o su falta me alcanza.

– ¿Ves cómo sos?

– No, estoy ocupado siendo.

– Así es imposible.

– ¿Qué cosa?

– Conversar.

– Vos no querés conversar, querés convencerme de que haga algo que no quiero hacer.

– Pero es por tu bien.

– Sí, mamá.

– No me cargues.

– No me sermonees.

– Vos me dijiste que ibas a hacerlo.

– Seguro, para sacarte de encima.

– Entonces me mentiste.

– Si vos lo decís…

– No lo digo yo, ¡lo acabás de admitir!

– Para hacerla más corta.

– No me gusta que me des la razón como a los locos.

– Sos demasiado lógica como para que yo pueda considerar esa posibilidad.

– No entiendo lo que me decís.

– No importa, yo sí, hacé tranquila.

– Sabés que no me gusta que me digas eso.

– ¿Sabés que hay una película, italiana creo, que se llama Yo sé que tu sabes que yo sé? Me parece que es de los setentas.

– ¿Quién la dirigió?

– Creo que Sordi.

– Pensé que solamente actuaba.

– Yo también. Rojas lo vio una vez que vino al país. Dice que iba y venía a todos lados con una rubia. También me dijo que decían que la tenía contratada porque era puto.

– No cambies de tema.

– Es el mismo.

– ¿Cuál?

– El malentendido.

– No me vengas con filosofía barata.

– ¿Te das cuenta que empezás todas tus frases diciendo ‘No’?

– Porque no me tomás en serio.

– Si para eso ya estás vos, que lo hacés todo el tiempo.

– No es así, yo soy payasa.

– ¿Ves?

– ¿Qué?

– Otra vez empezaste diciendo “No”.

– Pero lo que importa es lo otro.

– ¿Qué otro? ¿Tenés otro?

– Lo que dije después.

– ¿Que sos payasa? ¿Y? Vos me enseñaste que nadie se toma más en serio la risa que el payaso, y que por eso es trágico.

– Pero no le teme al ridículo.

– ¿Estás segura?

– Sí, ¿por qué no habría de estarlo?

– ¿Por qué usa nariz entonces?

– Porque la máscara lo libera.

– O sea que sin máscara no se anima. No hay nada más racional que eso.

– Que sea racional no significa que sea serio.

– Para mí es lo mismo.

– Pero no lo es. Puede ser divertido y racional, o irracional y serio también.

– Dame un ejemplo.

– Ahora no sé me ocurre ninguno.

– Entonces estirá la pierna.

– ¿Para qué?

– Vos estirála, vení, acercate.

Sentado en el sillón de algarrobo que tenía junto a la cama donde ella, desnuda, discutía con él mientras miraba su notebook, Ribera agarró la pierna izquierda de Bárbara, la puso sobre sus muslos, agarró una birome y escribió en la pantorrilla: “La moneda cayó en la hueca mano. / No pudo soportarla, aunque era leve. / Y la dejó caer. Todo fue en vano. / El otro dijo: ‘Aún faltan veintinueve’.”

– ¿De quién es?

– De Borges.

– ¿Cómo se llama?

– Mateo no sé cuánto.

– ¡Qué lindo! – y después de mirarlo, pícara, agregó: – Como en la película de Greenaway.

– Mirá lo que escribió Gore Vidal a propósito de Greenaway.

Ribera fue a buscar el libro a la biblioteca, lo abrió en la página 296 y leyó: “Edith y Osbert se quedaron en el campo, con Alice. No eran tanto realeza en el exilio como auténticos monarcas que habían llegado allende los mares para reclamar el reino que les correspondía. Osbert estaba publicando volumen tras volumen de memorias barrocas, mientras que el «Cántico de la rosa» de Edith estaba sobre la mesita de noche de todo el mundo que sabía –y ya no sabe- lo que estaba de moda tanto en prosa como en poesía. Hoy no tendrían un libro, sino el vídeo de la última película de Peter Greenaway.

– ¿Viste alguna de sus películas?

– Alguna sí, pero hace mucho tiempo, en video, y no me acuerdo nada, por ejemplo, de El vientre de un arquitecto. De Prospero’s Book, que no sé cómo la llamaron acá, tengo impresiones más que recuerdos. Las letras aparecían en pantalla y yo sentía que esos libros que aparecían en relieve se podían tocar.

– Yo vi El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante.

– ¿Qué onda?

– La mujer obligaba a su marido a comerse la pija del amante que aquel había mandado matar. Era fuerte, y estaban Helen Mirren y Tim Roth.

– No me acordaba de ellos. Cuando venía de provincia a Capital a caminar por el centro pasé varias veces delante de un cine donde la daban que estaba en la calle Suipacha, supongo que debía ser el Ideal, pero nunca entré a verla.

– Los críticos hablan pestes del tipo.

– O ya no hablan, por lo menos acá.

– Vos también sos crítico.

– Pero yo no escribí nada de él. Y no soy crítico, soy disléxico.

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