El mono asesino, por Dario Argento

Traducción: José Miccio / Préstamo de libro: Lucio Ferrante

 

1984 fue el año de las moscas.

En un principio, para las secuencias en las que estaba previsto que participaran, había pensado en recurrir a insectos mecánicos. Pero las pruebas que había visto no me convencían en lo más mínimo: el cuerpo de un insecto es extremadamente complejo, y las reproducciones -por más cuidadas que fueran- tenían siempre algo de fingido. Había que encontrar otra solución. Entonces vino en mi ayuda Mauricio Garrone, que había sido fundamental en la realización de la famosa escena de Suspiria en la que las larvas caen del cielorraso. Fue él, de hecho, quién contactó a diversos entomólogos y entrenadores, y finalmente consiguió alrededor de seis millones de larvas de mosca.

Alquilamos un enorme cobertizo climatizado a los estudios De Paolis y los sellamos completamente, de manera que ningún ejemplar -una vez crecido- pudiera escaparse. Las larvas en poco tiempo empezaron a desarrollarse, y cuando el cobertizo comenzó a llenarse de enjambres y enjambres de moscas fue también Garrone el que se hizo cargo de llevar grandes pedazos de carne podrida para que los insectos pudieran poner tranquilos sus huevos. Si bien había un olor nauseabundo, era emocionante entrar en aquél cobertizo: me cubría de los pies a la cabeza con una escafandra y visitaba a mis moscas, minúsculas actrices impacientes por entrar en acción. Observaba encantado las nubes de insectos que se levantaban cuando pasaba, y que zumbaban produciendo un constante ruido de fondo.

Las moscas, mientras tanto, habían superado el millón. Generaciones de insectos se sucedían velozmente. Ahora estaban listas para ser llevadas a Suiza, donde a comienzos de agosto comenzaría la filmación de mi nueva película. Así que equipamos un gran camión, dentro del cual, envueltas en velos sutilísimos, cargamos buena parte de nuestras moscas. Una vez en la frontera, los aduaneros, cómo hacían siempre, nos preguntaron qué estábamos transportando.

-Moscas- respondimos con toda tranquilidad.

Estaban convencidos de que nos queríamos burlar de ellos, así que después de un rápido intercambio de palabras nos dijeron que querían inspeccionar el camión. Cuando abrimos las puertas se quedaron mudos: había moscas por todos lados. Desconfiados, por más que les habíamos mostrado los permisos para atravesar la frontera con esa carga, se pusieron en contacto con la oficina sanitaria suiza; estaban preocupados porque pensaban que los insectos podían transmitir infecciones. Nos pidieron que nos quedáramos un par de días para realizar algunos controles. Yo estaba muy nervioso: aunque Garrone y su equipo tomaron a su cuidado a nuestras pequeñas invitadas, temía que las moscas pudiesen morir. Al final conseguimos entrar a Suiza sanos y salvos, todos nosotros.

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Sin embargo, los problemas de Phenomena (en aquella época la película se llamaba todavía El mono asesino) apenas habían comenzado. Me explicaron que no era posible exponer a las moscas a los reflectores más que unos pocos minutos: el calor de las luces terminaría quemándolas. Entonces nos procuramos fibras ópticas, que nos permitieron además crear pequeños contrastes de luz en las caras de las criaturas; la actuación de las moscas podía ser capturada hasta en los mínimos detalles. Entrenamos también algunas luciérnagas, vaquitas de San Antonio, mariposas y abejas. Descubrí que una abeja -si se la observa en primerísimo primer plano- posee una semejanza impresionante con un cachorro de leopardo.

Para conseguir efectos sonoros lo más realistas posibles, recorrí los bosques de Suiza con los sonidistas y sus micrófonos: pasábamos horas en completo silencio tratando de capturar el crujir de las hojas, el canto de los grillos y el correteo de los saltamontes.

Me di cuenta muy pronto, sin embargo, de que era imposible dar indicaciones escénicas a un insecto. En general, los animales que están en el set de filmación están amaestrados; nunca me había enfrentado a una dificultad semejante. En Tenebre, por ejemplo, en la secuencia en la que la desventurada Lara Wendell termina por error en el jardín del asesino, había trabajado con un dóberman excepcional de nombre Satana. Le mostraba los gestos que tenía que hacer y él obedecía prontamente. Era un animal inteligente y lleno de ganas de jugar. Entendía a la perfección todas mis indicaciones. Conseguí dialogar con Satana como si fuera un actor, y en cierto modo nos entendíamos más. Lo mismo me sucedería después en el set suizo de Phenomena: Inga, el chimpancé asistente del entomólogo paralítico, era tan bueno que Donald Pleasence temía que le robara la escena. “El público lo mirará sólo a él”, me confesó un día. “Y se olvidará de mí”. La interpretación de Pleasence fue memorable, y estoy realmente orgulloso de haber podido tenerlo en una película mía.

Finalmente, para gobernar a las moscas inventamos un método que venía directamente de los tiempos de la escuela. Luigi Cozzi recordaba que para molestar a las nenas más quisquillosas, un compañero de banco había conseguido atrapar unos moscones con un hilo de lana: los llevaba a la escuela como a un animal con correa. Así que fabricamos microcinturones de nylon que, sin herirlas, nos permitieran mover las moscas como si fueran barriletes.

Solamente en una escena recurrimos a un truco, rudimentario pero eficaz: el enjambre que ataca el colegio al que va Jennifer se obtuvo volcando café molido en una gran bañadera llena de agua. El difundirse del polvo de café en el líquido, y la posterior sobreexposición en ralenti de esta imagen con las imágenes del colegio, simularon a la perfección el ataque de los insectos.

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Desde siempre, los efectos especiales han cumplido un rol importante en mis películas. La cara de Gabriele Lavia aplastada por las ruedas de un auto en Rojo profundo era un calco de yeso construido por Carlo Rambaldi. En lugar de decirle al conductor que frenara de repente, cortar e insertar el fotograma con la cabeza falsa, grabamos el auto saliendo marcha atrás desde donde estaba tirado Lavia, y luego proyectamos la escena en sentido contrario. También en Rojo profundo, la saliva que salía copiosamente de la boca de una Clara Calamai decapitada -una escena que impresionó mucho a Asia cuando, siendo chica, vio la película por casualidad- en realidad era cerveza. El incendio del palazzo al final de Infierno, por su parte, fue una intuición de Mario Bava. Habíamos reconstruido la fachada del edificio en una zona pérdida de la campiña romana y delante de ella -y cerca de la cámara- Mario instaló algunos cristales gigantescos que reproducían con precisión el paisaje de Nueva York. Cuando prendimos fuego la fachada se desató un incendio grandioso que hizo que muchas personas se acercaran corriendo, asustadas por aquellas llamas altísimas.

Phenomena fue la primera película en la que utilicé maquillaje y efectos especiales de Sergio Stivaletti, a quién tengo en gran estima y que todavía hoy trabaja conmigo. Para recrear la pileta subterránea llena de cadáveres putrefactos, llenamos una piscina de agua caliente con vermiculita, un mineral que oportunamente tratado sugeriría la idea de larvas y lombrices flotantes. Además de algunos maniquíes -los restos humanos- agregamos al brebaje yogur, menta y chocolate. Más allá del aspecto, entonces, para la protagonista estar bajo el agua no era todo tortura.

El aporte de Stivaletti fue decisivo para darle una cara al niño monstruoso que aparece al final. Sergio se inspiró en una enfermedad genética real llamada Síndrome de Patau, y diseñó un personaje que entró en las pesadillas de muchos espectadores.

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Recuerdo que tenía una extraña superstición ligada a Phenomena. A diferencia de mis películas anteriores, no la mostré en exclusiva a nadie: ni a los periodistas ni a los distribuidores. Y tampoco dejé que se filtrara ninguna información sobre la trama, solamente el título (proveniente de una muestra que había visto en Zurich). Muchas veces dije que el componente autobiográfico es una constante de mis narraciones, pero esta es una de las películas que más me refleja; basta pensar que Jennifer es vegetariana. Usar elementos de la propia biografía para construir un personaje, transfigurarlos en una historia, es como agregar una cucharadita de azúcar a un vaso de agua. Es suficiente revolver enérgicamente un par de veces y en apariencia el azúcar desaparece, no la encontrás más. El sabor, sin embargo, es distinto. Y eso es lo que cuenta.

El estreno mundial de la película tuvo lugar en Turín, en el cine Reposi. Como siempre, yo estaba muy inquieto por cómo la recibiría el público, así que preferí quedarme en casa. Supe, de todas maneras, que anduvo muy bien, y el asunto me empujó a participar de un evento público realizado poco después. Cuando me invitaron al estreno en Génova, y al final de la proyección me encontré frente a una sala entusiasta, decidí rendirle un homenaje a mi suerte con un gesto que venía del pasado. Como había hecho en Florencia en la época de El pájaro de las plumas de cristal, a la mañana siguiente -saliendo del Majestic de Génova- me guardé en el bolsillo la llave de mi habitación, la 611. Y todavía hoy la conservo, junto a poquísimas cosas más.

No hay dudas de que si Phenomena tuvo tanto éxito se debe fundamentalmente a Jennifer Connelly, en aquel tiempo todavía muy joven pero ya enormemente talentosa. Su rostro angelical -que pocos meses antes los espectadores habían podido conocer en Érase una vez en América (Sergio Leone, 1984)- era perfecto para el papel, y el hecho de que haya tenido una carrera tan larga y satisfactoria me pone feliz.

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Terminamos la filmación con el otoño ya avanzado, y en los cobertizos de la De Paolis teníamos todavía muchísimas moscas.

-¿Qué hacemos con todo esto?- me preguntaron.

-Y bueno, liberémoslas- dije yo

Y así fue. Sacamos los sellos y abrimos las ventanas. Las moscas parecían no creer que ahora eran libres. Poco a poco fueron saliendo y se dispersaron por los cielos de Roma.

Junto a algunos de mis colaboradores fui a un bar para festejar el fin del trabajo. Hicimos nuestro pedido a un mozo perplejo, que no dejaba de farfullar quejas.

– Pero, ¿qué pasa?- le preguntó en cierto momento alguno.

– Pasa que el mundo está cambiado. Será culpa de la contaminación o quién sabe de qué… Dentro de un mes es Navidad, y miren eso. Nos señaló una de las paredes del bar. ¡Estaba completamente tapizada de moscas!

***

Dario Argento, Paura, Turín, Einaudi, 2014, pp. 247-252.

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