Épica de la piedad: Dos discos de Favio, por Marcos Vieytes

Favio tiene varias canciones alegres, pero lo suyo como cantor es la ternura en socorro de la tristeza. Cantaba y contaba –muchas de sus canciones son escenas de una historia- el terror al desamparo. Por eso no extraña que sus temas estén llenos de chicos y que sus personajes sientan tan abiertamente como ellos. En sus canciones de amor los hombres a menudo se reconocen en situación de inferioridad ante una mujer, y los coros femeninos aniñados contrastan con la voz desgarrada del cantor, afín a esos gritos de sus películas que son llamados, volumen sonoro para llenar el vacío: vías cariñosas y sensuales para lidiar con la verdad, artificios que nada tienen que ver con imposturas. Como en los melodramas, los boleros, las (tele)novelas y las películas de Armando Bo. El mismo fin cumplen esos lugares comunes del habla cotidiana que gusta repetir: palabras como lindo y linda, o mamá y papá, que en la voz de un adulto amplifican el temor al desamparo; o los cariñosos diminutivos, que por esos años Gelman ya desmenuzaba como agarrándose a las sílabas últimas (o primeras). En Mi viejo San Juán, igual que Fellini en 8 y medio, Favio quiere reunir a los suyos que ya no son y todo el amor está en canciones como Sos tan bonita que no séY al verte así. Gracias al recuerdo del trato de Jesús a los niños, Favio encuentra en ellas la raíz cotidiana de lo sagrado. Mesías de entrecasa, siempre que uno esté solo a disgusto viene al rescate de quien lo escuche.

*

aquí estáAquí está Leonardo Favio es su regreso al disco en la Argentina después de la dictadura, así como seis años después vuelve al cine con Gatica, el mono. En ninguno de esos casos se anda con chiquitas. Desde el “dos potencias se saludan” grabado en el imaginario colectivo nacional, su Gatica no podía ser –también- otra cosa que un retrato del peronismo, sentimiento sinfónico. Y en la contratapa de este disco del 83 el oyente, antes incluso de ponerse a escuchar a Favio, leía: “Señor, yo te lo ruego, / quisiera imitarte en tu caída. / Dame el honor de verme muerto a bala / por un encargo de la oligarquía”. ¿Estaremos ante un disco de protesta? No, porque Favio cantaba canciones de amor. Sólo que el amor, para él, lo abarcaba todo. Y la política, incluso armada, bien podía ser una de sus manifestaciones. Por mucho que eligiera la posición de víctima en vez de la del victimario en la plegaria, la inversión no negaba la lucha. Como en los melodramas, sin verdugos amorosos no hay pasión. No es que Favio los busque ni los cree. La calle y su picardía le hicieron saber desde siempre que existen y también que somos capaces de serlo. Lo único que lo dejaba perplejo era la falta de piedad.

El otro marco fundamental de esas palabras, del disco y del cine de Favio es su cristianismo, tan entrañable -metafórica y literalmente hablando- como el peronismo. “Tengo claro que nunca pude ser un cantante político,” dice en Pasen y vean. “Salvo en raras excepciones, como Si mi guitarra canta como canta o Qué más, qué más. Pero me di cuenta de que, salvo esas dos canciones, las otras que podía intentar con contenido político eran como forzadas. Yo no me las creía. No me interesa esa línea, o será que tal vez no me brote espontáneamente.” Los dos temas que menciona como excepciones están en este disco de 1983. Y en sus películas –incluso Perón, sinfonía de un sentimiento– sucede lo mismo que en sus canciones. Por eso dijo alguna vez que no hacía cine peronista, sino que era un peronista que hacía cine. En ese mismo libro de charlas con Adriana Schettini elogia a un cantautor porque “estalla de amor por la revolución. A él yo se la creo porque exhala sensualidad. Lo de él con la revolución es una pasión tan sensual como la que se puede tener por una mujer o por Cristo, que también debe ser un amor pasional.”

El tema que abre el disco –Si mi guitarra canta como canta– declara una identidad (“soy latinoamericano”) afirmada por los años que pasó exiliado en Colombia y cantando en América Latina, un estado (de duelo tras el genocidio dictatorial), una posición política (“odio como se debe a la oligarquía”) aunque en este disco no mencione nunca a Perón ni al peronismo, y conciencia de sí como músico (“cantor de pueblo sin mucho vuelo, pero que sabe lo que quiere”). El autorretrato se completa en Ese obrero judío que elegí como Dios, donde afirma que “ni en sueños fui traidor”, que “es pecado de muerte explotar a los pobres”, y que a su lado quiere “a poetas, alpargatas y sudor”. Y donde su religiosidad es cualquier cosa menos dogmática: “A veces hice trampas, a veces hice daño, pero digan quién no”. “Fui un poco mentiroso, pero tan solo un poco, tal vez lo imprescindible para poder vivir”.

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Entre una y otra canción está Cómo me duele la piel. Aunque no es de Favio, acá se unen los sentimientos político y amoroso que distinguen al disco. Es una canción romántica, pero una sola vez menciona la palabra mujer. Le duele pensar en ella, el cantor se declara dispuesto a morir a sus pies, y sueña con el regreso: el potencial alegórico no entra de prepo pero golpea la puerta con insistencia. Carola aparece en el cuarto tema, primero de los dos que mencionan en sus títulos a esa mujer que es el norte de la carrera musical de Favio -y de su segunda etapa cinematográfica- desde que su nombre abriera el primer disco. Con ocasional acordeón chamamecero y silbidos de pájaros (el cine de Armando Bo encuentra su heredero musical en el de Favio), el amante de A Carola en el exilio la extorsiona con picardía: se presenta como un niño tímido y le recuerda el mandato cristiano de no dañar a los niños.

En el estribillo hay uno de esos hallazgos poéticos, tan abundantes en sus películas como escasos en el resto del cine argentino, en los que arquetipos universales y particularidades regionales se encuentran fabulosamente: “Ay, mujer, uy”. El amor faviano es cosa sagrada, y lo sagrado es más grande que la vida porque sabe la muerte. Los ayes (que ya habían encabezado el estribillo de Quiero aprender de memoria) le dan voz a ese saber, más intensamente saboreado cuando se ama. La onomatopeya final expresa el asombro de un chico atrapado en la travesura de sorprender a la diosa. Que tanto puede ser La rubia del cabaret con la que debuta en una de sus primeras y mejores canciones, con el estribillo más terrible de su carrera, como la chica de 15 a la que el adolescente ve pasar en La más bonita del pueblo, último tema del lado A. En la voz narradora del principio, que evoca y describe, ya está la de Favio en el último Aniceto. Mirar es soñar despierto. Fantasía a la hora de la siesta, paja y percal al pie de un manzano: la fe erótica de un pibe que plagia a Bécquer sin que su doble adulto se avergüence desde un futuro cultivado. Y la presencia más real que la mujer de los amigos.

El otro lado del disco tiene un comienzo magnífico y un final fantasmagórico. En el medio, tres temas que no le pertenecen y se escuchan con placer. Dos de ellos son de Facundo Cabral, otro de esos cantores populares que combinaron lugares comunes con originalidad y, como Favio, levantaron un altar en honor a la ternura. Al tema inicial tampoco lo escribió Favio, pero su versión de Ausencia es tan buena como la de su autor, sino más. La canción de Rafael Amor es uno de los mejores melodramas que se han escrito en nuestro país. A la segunda estrofa ya sabemos que cuenta un ciclo vital sin renombre. Así que no puede ser otra cosa que una elegía. Quien cuenta este romance que empieza en el Parque Retiro es el hombre. Noviazgo, casamiento, hijos y nietos se suceden hasta un final que se vale de un recurso similar al usado por Borges en “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”: la inscripción de un destino anónimo en un contexto extraordinario. En ese caso la Ficción, la Historia en éste. El efecto es devastador.

Las Anotaciones para Carola con que cierra el disco son algo así como los mensajes del futuro fantasma de Favio a su mujer. Uno de ellos es clave para entender su carrera como cantante, esa que había conseguido un éxito tal que obligó al sello discográfico a poner durante un tiempo toda su logística al servicio del primer disco y hasta contratar los talleres de la competencia. Esa misma carrera que lo hizo famoso en toda América Latina, y que Favio de repente abandona para volver a filmar y porque sentía que, obligado por el éxito, sus canciones se habían transformado en “burdas y huecas”. Esta canción autocrítica fue grabada  por primera vez en su último disco para CBS de 1973, el año de Juan Moreira. Así como en el Moreira está la muerte aburrida y el diablo desamparado en Nazareno Cruz y el lobo, dos de las más fabulosas criaturas de Favio, en esta canción Dios es un distraído. Otra gran imagen es la del autor como un “loco de amor al mundo”, anticipo del personaje de Aroldi en El fantástico mundo de la María Montiel.

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0Este año se cumplieron cincuenta del primer disco de Favio y lo reeditaron. Hay un solo tema que no es suyo: Para saber cómo es la soledad. Además de pedir permiso a Almendra y agradecérselo en la contratapa, Favio lo interviene hablando entre las estrofas para pedirle perdón a un amigo muerto poco antes de que saliera el disco. Con este tema, el primer disco de Favio conecta con su primera película, Crónica de un niño solo. Como en su escena más terrible, hay una defección que pesa sobre protagonista, espectadores y autor: la de no haber estado cuando más se lo necesitaba. No importa que las causas sean comprensibles. Pesa como una falta, menos yerro que vacío en el alma desde el que Favio cuenta todas sus gestas compartidas, su épica de la piedad. Como en la segunda de Armando Bo (Adiós muchachos) y como en ese clásico del cine popular argentino con Alberto Castillo que es La barra de la esquina, los amigos siempre estuvieron presentes en las películas y las canciones de Favio. Las relaciones con ellos son tan apasionadas como las románticas.

Cuatro -si no seis- de los doce temas de este primer disco se transformaron en algunos de los más grandes hits de la historia de la canción argentina y latinoamericana: Ella ya me olvidó, Fuiste mía un verano, Quiero aprender de memoria, O quizás simplemente le regale una rosa, Ni el clavel ni la rosa, No ser dios y cuidarlos. Suficiente para ganarle una bien merecida inmortalidad. Desde el principio está presente Carola, aquí llamada Carolita, tanto en las letras que le dedica como también acompañando a Favio con suvoz en algunos diálogos o componiendo (¿Qué tal?). La chica a la que en otro tema veremos rezar en la casa, ya convertida en esposa y madre, acá anda feliz por ella “como una nena traviesa”, sin que la religiosidad suponga tregua erótica alguna.

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Este primer tema manifiesta la conciencia de Favio sobre el momento en que salía su disco. Desplazando al tango de su primacía, la industria de la canción se internacionalizaba, ya existía El Club del Clan pero también el rock nacional, y el subtítulo de Así es Carolita da cuenta de esta situación: “Con suficiente folklore como para que también la conozcan los turistas”. En medio de un acelerado estribillo con aires de malambo lo escuchamos enumerar: “¡Áura, ole, yes!” (el arreglo cosaco de No ser Dios y cuidarlos también debe ser creación de Marito Cosentino). Después de filmar tres películas de cineclub Favio estaba dispuesto a hacer pop nacional y es dentro de esa propuesta dónde hay que ubicar no solamente a sus discos sino también a las tres más grandes películas de su filmografía, que no existirían sin el éxito y la plata que ganó cantando.

Cuatro si contamos Fuiste mía un verano, de Eduardo Calcagno, la mejor de todas las películas argentinas concebidas como vehículo para un cantante. Sus imágenes más reconocibles transcurren junto al mar. No corresponden al lugar de origen de Favio ni aparece en las películas que dirigió, pero en el disco abundan y lo marcan con su melancólica desmesura. En el mar y en la playa de estas canciones están el “sueño con hijos”, la imposibilidad de olvidar, el “alma en sombras”, la mujer que lo abarca todo (hasta el placer ignorado que suena tan misterioso como el dios desconocido de los griegos), la plenitud posterior al sexo y la iluminación espiritual que sólo pueden expresarse mediante canciones, el gesto punk (“nada me importa la gente”) que encontrará su forma en el siguiente disco con Mi tristeza es mía y nada más, el llanto nacido de la imposibilidad del regreso, el azar del encuentro amoroso como un don excesivo, y hasta el recuerdo del padre contador de historias.

Así como hubo gente que buscaba la sede física del alma, en este disco y en las películas de Favio se la encuentra en las “entrañas”: aquella en la que “busca el hijo que no ha de venir” de Quiero aprender de memoria o a la que es conducido por una fiebre no extraña a la de Armando Bo (la Coca ha dicho que Favio quería dirigirla) en Ella ya me olvidó, tanto como la apuñalada por Juan Moreira. Este plano detalle, abstracto como pocos del cine nacional figurativo, ya estaba anunciado por el protagonista de Esto es el amor que hurga en la mirada tanto como huele, toca, besa, muerde, acaricia. Importan por igual el cielo y el olor del limonero encontrados. Si el espíritu sopla donde quiere, Favio lo encuentra siempre a través de los sentidos. Quizás por eso le duele hasta el aire que respira, como al enamorado de Borges le dolía una mujer en todo el cuerpo, y busca el aliento de la boca deseada en la propia como oxígeno el ahogado. Figuras físicas e inmateriales a la vez, o aéreas como los pájaros de este primer disco que alzarán su vuelo cinematográfico definitivo en Nazareno Cruz y el lobo, las palomas y los gritos.

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